Desde hace muchos años vengo escuchando el consejo de muchos pastores, líderes o referentes espirituales, sobre la importancia de que los cristianos nos involucremos en política, en el servicio público o en esferas de poder de las distintas aéreas de la sociedad. El objetivo central es instaurar el Reino de Dios en estos espacios de la sociedad, y como consecuencia de ello, transformar la realidad del mundo en el que vivimos.

Estas ideas y conceptos, más algunas otras recomendaciones, acompañadas de los inspiradores ejemplos de personajes como José, David, Daniel, Esther o Nehemías, siempre han sido un motor de motivación para mi, y de hecho debo reconocer que en gran medida han moldeado el curso de mi vida de forma bastante definitiva.

Pero muchas veces suele suceder que estos mensajes carecen de contenido práctico, cuando enfrentamos la realidad del lunes; las cosas no son tan claras, los grises son más comunes de lo que nos gustaría. Es por esto que hay algunos consejos reales, concretos y, por sobretodo, muy fáciles de comprender, que me están siendo de mucha utilidad y que humildemente quiero compartir:

 -Compromiso con la visión: Estoy convencido que desde el momento en el que Dios nos llama y nos da una visión, su compromiso es total y hasta el final, el problema suele ser nuestra falta de compromiso con lo que Él nos reveló. Tenemos a diario el desafío de elegir entre lo bueno y lo mejor, y muchas veces nos enredamos en compromisos que nada tienen que ver con nuestro llamado. Lo hacemos de corazón, sinceramente, muchos de esos compromisos son buenos sin duda, pero lo mejor es lo que nos impulsa a hacer crecer nuestra visión. Comprometerse sin ambigüedades es el primer paso que deberíamos dar.

-Enfoque claro y sostenido: Enfocarse en conseguir algo que queremos es tan importante como lo que queremos conseguir en sí. Como somos seres con muchas facetas y habilidades, tenemos la tentación permanente de hacer mil cosas a la vez, y solemos querer ser muy buenos en las mil, pero la realidad es que no podemos; si no establecemos prioridades va a ser muy difícil conseguir resultados. Además, este enfoque tiene que permanecer en el tiempo. Si cambiamos de visión cada primero de enero, es muy posible que al tiempo nos desalentemos, porque todo será un empezar de cero cada vez.

Pagar el precio: La realidad diaria de nuestras vidas suele ser menos motivadora que lo que imaginamos al momento de recibir una Palabra. Los grandes momentos de victoria en nuestra vida sin lugar a dudas nos marcan, pero estos son relativamente pocos en comparación con la inmensa cantidad de días que pasan desapercibidos en nuestros años. Es por ello que estos días “normales” son tan importantes para la visión de Dios en nuestra vida. En estos días comunes es cuando debemos pagar el precio de obedecer a Dios, dejar lo que tengamos que dejar y abrazar lo que tengamos que abrazar. Cada vez me convenzo más que pagar el precio es completamente imposible de lograr si no tenemos pasión por lo que hacemos.

-Disfrutar el camino: Sabemos de dónde venimos, confiamos que Dios hará cosas grandes con nosotros, pero no sabemos realmente qué será esto y cómo ocurrirá, es por eso que no hay consejo más sabio que el que nos anime a disfrutar cada momento en que la voluntad de Dios se esté haciendo en nuestra vida. Seguramente esta conducta nos va a ayudar a dejar de lado las ansiedades del futuro y podremos vivir más plenamente. Todo esto es posible, aun en aquellos días en los que no vemos luz al final del túnel.

-Primero y último está Dios: Por último -y principal- todo se trata de Él. Sin Él no habría llamado, ni visión, ni propósito. No importa si somos felices o no (aunque seguro lo terminemos siendo), se trata de que somos parte de un plan mayor, “el gran plan”, y nuestro privilegio es participar y ser actores centrales de la historia más importante de la humanidad.

 

Lic. Luis Cabrera

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