El poder del perdón para reconstruir una nación

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“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.”

–Mateo 5:8

La necesidad del perdón hace justicia al hecho de que cada ser humano es más de lo que hace o piensa. Solo el perdón hace posible un nuevo comienzo para el actuar, comienzo que necesitamos todos y que constituye nuestra dignidad humana.

–Hannah Arendt

El domingo pasado mi esposo y yo leíamos la Biblia mientras desayunábamos y charlábamos de lo que había sucedido el miércoles 13 de diciembre en nuestro país. Por primera vez se había intentado discutir el Proyecto de Reforma Previsional, que entre otras cosas, despertó un gran enojo por gran parte de la población argentina y resultó en revueltas cerca del Congreso Nacional. Esa mañana de domingo llegamos a un pasaje en 2 Samuel donde se narra la historia de David y los gabaonitas.

La tierra de Israel ya venía pasando hambre por tres años seguidos, y a David se le ocurrió consultar a Dios la razón de esta mala racha. La respuesta fue que el hambre se debía a que el rey Saúl y su familia eran culpables de la muerte de muchos gabaonitas, y estos aún tenían rencor contra ellos. Se había violado un pacto que había entre ambas naciones, años atrás cuando Josué conquistó la tierra, de que se los dejaría habitar en el territorio. David se reúne con ellos y les pregunta cómo puede compensarlos. Buscaba una reconciliación entre ambas naciones, para que ellos volvieran a “bendecir” al pueblo de Israel. Bendecir justamente es hablar el bien, es desear el bien. La RAE lo define como “invocar en favor de alguien o de algo la bendición divina. Hacer que prospere”.

Me detuve cuando leí este pasaje. Meditaba en cómo a veces la falta de perdón de otros puede hacer que no prosperemos. Es como una energía negativa que, aunque la ignoremos, no permite que avancemos. En esencia, cuando hay falta de perdón de parte de alguien que nos vincule, eso puede traer maldición.

En este caso David no era culpable de que el gobernante anterior y su descendencia hayan querido exterminar a un pueblo, pero ahora él era el “representante” de Israel, la fracción que no había cumplido su parte del trato. Él estaba en la posición de autoridad que le permitía restituir a un pueblo su dignidad.

La historia culmina con el pedido de que se ejecutaran a los culpables de dicho exterminio, a siete familiares varones del rey Saúl que fueron parte de dicha matanza. No buscaban dinero, tampoco que se matara “a cualquier persona de Israel” (v. 4), sino a los representantes de Saúl.

Esto también me hizo pensar. No se trata de perdonar sin que se haga justicia. El perdón viene a costo de un precio. Pero una vez resuelto, debe desaparecer todo índice de resentimiento.

“Después Dios hizo que terminara el hambre en la tierra” (v. 14). Para avanzar hay que resolver lo no resuelto del pasado y dar fin a un ciclo.

Recuerdo hace más de una década atrás, cuando era adolescente, y amaba leer biografías de personas que me inspiraron con el tiempo a elegir la carrera que estudié. Ghandi, Martín Luther King Jr, Mandela, Desmond Tutu. Podía pasar horas en mi cama leyendo e imaginándome sus momentos a solas, su humanidad y vulnerabilidad frente al carácter heroico que siempre nos presentan de estas figuras históricas. La biografía que más me impactó fue quizás la de Mandela, en su libro Long Walk to freedom [Un largo camino hacia la libertad].

Tras 27 años en prisión injustamente, toda una vida arrebatada por la injusticia y el horror del apartheid, Mandela es liberado y ante miles de personas que observaban sus primeros pasos hacia la libertad, esto es lo que pasaba por su cabeza:

 

“Cuando por fin atravesé el portón para entrar a un coche que había al otro lado, sentí —aun a los setenta y un años de edad— que mi vida comenzaba de nuevo. Mis diez mil días de encarcelamiento habían terminado.”

 

Un nuevo comienzo. Un renacimiento. Una verdadera flecha hacia el futuro que atraviesa el presente con fuerza, alejándose cada vez más del pasado de dolor.

Desde la misma introducción a su autobiografía, mi humanidad recibió un baldazo de agua fría. Un pensamiento tan fresco y contracultural toma por sorpresa a cualquiera que se ha acostumbrado a una sociedad que transpira odio por todos sus poros. En dicha introducción, Bill Clinton añade un fragmento de su conversación con Mandela tiempo después de su liberación:

 

“En otra conversación le dije: ‘Dime la verdad. Cuando salías de la cárcel después de veintisiete años y caminabas por ese camino hacia la libertad, ¿no los odiabas de nuevo?’ A lo que él respondió: ‘Absolutamente sí, porque ellos me tuvieron preso por tanto tiempo. Fui abusado, no vi a mis hijos crecer, perdí mi matrimonio y los mejores años de mi vida. Estaba enojado y tenía miedo, porque no había estado libre hacía mucho tiempo. Pero cuando estaba cerca del auto que me llevaría lejos, descubrí que cuando cruzara la puerta, si yo seguía odiándolos, ellos todavía me tendrían. Yo quería ser libre y entonces, lo dejé ir’”

 

No hay verdadera libertad hasta que nos despojamos de aquello que nos mantiene esclavos. Pensamos que el odio, el resentimiento, la sed de venganza, nos hacen resilientes y nos proporcionan una razón de vivir, pero en realidad ello no hace más que enmascarar una falta de autonomía.

Estos días este pensamiento volvió a resurgir con fuerza en mi mente, mientras miraba por televisión las imágenes de enfrentamiento no solo a las afueras del Congreso argentino, sino incluso dentro de él, mientras se discutía el Proyecto de la Reforma Previsional. Como país nos vemos enfrentados, divididos, y pareciera que nadie puede escapar a verse involucrado en una grieta que continuamente es reconstruida. Somos un pueblo dolido, que confunde memoria con rencor, que ha perdido la confianza en sí mismo, y en que alguna vez podamos avanzar.

La Dictadura dejó heridas muy profundas, que aún no son fáciles de sanar. Sin embargo, cada gobierno desde entonces también nos legó sus errores, y como sociedad hemos ido acumulando un odio hacia nuestros gobernantes.

Simpatizantes del gobierno actual no pueden dejar de culpar y maldecir al gobierno anterior. Simpatizantes del gobierno anterior no pueden ver más allá de las cicatrices que dejaron la crisis del 2001 y la mala administración que llevó a tal desastre. Y siempre, siempre… volvemos a la Dictadura, a lo que tenemos en claro que no queremos volver, pero que de alguna forma su sombra nos impide ver con claridad el futuro que queremos construir.

Si hay algo que aún no hemos abrazado como país es la diversidad. Y no me refiero a la diversidad cultural, puesto que siempre fuimos un país que recibió con brazos abiertos a cualquier inmigrante que quisiera llamar a la Argentina su hogar. No. Me refiero a la diversidad ideológica, aquella que permite que las mejores ideas las encontremos en el debate sincero, en el respeto a la opinión del otro, en el reconocimiento de que nadie tiene todas las respuestas, que nadie sabe todo, pero todos sabemos un poco.

 

“También me preguntaron por el miedo que sentían los blancos. Sabía que todo el mundo esperaba que albergara resentimiento hacia ellos, pero no era así. Durante mi estancia en la cárcel mi ira hacia los blancos había disminuido; por el contrario, había aumentado mi odio hacia el sistema. Quería que toda Sudáfrica viera que amaba a mis enemigos, aunque aborrecía el sistema que nos había enfrentado.”

– Mandela, Un largo camino hacia la libertad.

 

Mandela entendía que necesitaba de los blancos. Sabía que las naciones africanas que habían sido abandonadas por las minorías blancas durante el poscolonialismo habían caído en la ruina económica, y que sus conocimientosle convenían a la administración del nuevo Estado Sudafricano. La convivencia de blancos y negros, la aceptación de que se necesitaban unos a otros y que debían resolver sus diferencias, dio como resultado el nacimiento de la “Nación Arcoíris”. Sin embargo, para que ello sucediera tuvo que haber un período de reflexión, dar unos pasos atrás y cerrar un ciclo de odio y enfrentamiento. Debía tener lugar la fuerza más protagonista de esta historia: el perdón.

Así es como se crea en 1995, la Comisión para la Verdad y la Reconciliación (CVR, TRC por sus siglas en inglés), encabezada por el arzobispo Desmond Tutu. Su lema fue: “Sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no puede haber perdón”.

La CVR investigó crímenes cometidos durante el régimen del apartheid tanto por el gobierno como por el CNA, partido africano opositor.  Las personas que eran identificadas como víctimas de graves violaciones a los derechos humanos eran invitadas a prestar declaración sobre sus experiencias. Muchas de estas víctimas ofrecieron sus relatos en audiencias públicas, mientras sus agresores escuchaban de primera mano sus narraciones. A su vez, ellos debían luego confesar sus crímenes y pedirles perdón por el daño que les habían causado. Desde ambos lados hubo una actitud de humillación y otorgamiento de perdón, aun siendo muchos culpables entregados a la justicia.

Por mucho tiempo Occidente tuvo una noción malinterpretada sobre el perdón. Podríamos decir que se tenía una dimensión del perdón restringida a una facultad divina. Sin embargo, dicha interpretación tiene falacias teológicas si se leen las Escrituras:

“ ..perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo” – Efesios 4:32

“Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes”  –Colosenses 3:13

Estos son solo algunos de los pasajes que nos hablan del perdón como un mandato hacia nosotros los humanos. Precisamente, si fuimos creados a su imagen y semejanza, si entendemos que Él nos perdona tanto, comprendemos también que Él nos da la capacidad de perdonar. Permítanme detenerme en esta idea.

Hannah Arendt, una de mis filósofas preferidas, ve que es Jesús de Nazaret quien pone el énfasis del perdón en la esfera de los asuntos humanos, llevándolo a la vida pública. Es decir que el perdón no está limitado a nuestra vida privada, sino que contiene un enorme potencial político.

Cuando leí a Arendt por primera vez quedé shockeada por lo que me aportó. De alguna forma me dio una comprensión más profunda de mi fe. Otra vez, el perfil de quien se detiene a meditar sobre el perdón es el de una persona que tuvo que ejercerlo ella misma para verse libre. Siendo una teórica política y filósofa alemana, de origen judío, debió emigrar tras la persecución nazi y un breve encarcelamiento.

Fui introducida a ella por una profesora de Ética en mi universidad, cuyo espíritu apasionado por los existencialistas me hizo amar la filosofía. Uno de los conceptos que una vez nos hizo discutir en clase fue el del perdón y de promesa desde la perspectiva de Hannah Arendt. Desde entonces no pude pensar en el perdón de la misma manera.

Arendt ve en el perdón esa facultad humana que, en tanto vincula a los seres humanos entre sí, hace posible su capacidad de actuar. En otras palabras, adquiere legitimidad y validez en la medida en que establece un vínculo entre los seres humanos, restaurando y rehabilitando esa capacidad humana de actuar en la esfera pública. De manera que, ya que el perdón es una potestad que se deriva de la capacidad de actuar y pertenece a la esfera de los asuntos humanos, no solo puede, sino que debe concebirse independientemente de cualquier tradición religiosa, aun cuando se reconozca su origen en ella.

Hay una condición que Arendt presupone para el perdón y esta es la pluralidad humana. Dicha pluralidad se caracteriza tanto por la igualdad como la diferencia. Es decir, todos los seres humanos son diferentes entre sí, cada cual irrepetible en su genética como en su forma de ser y pensar, pero todos somos seres humanos, y  por ello,  somos iguales. Esto es lo que hace al perdón tan necesario.

Quizás esta teoría sea muy rechazada por nuestra cultura argentina. Por ahí pensás: “Está bien Adaía, entiendo que debo perdonar para avanzar y ser libre. Pero ¿qué hay de la memoria? No puedo olvidar lo que me hizo simplemente así”.

Por otro lado, si vamos a lo político, “Memoria y verdad” son dos de las palabras más usadas en el discurso político argentino. Sabemos que tener memoria nos ayuda a no repetir el horror que vivimos bajo la Dictadura. “Nunca más”.

¡Estoy de acuerdo con eso! Perdonar no es olvidar. Tener memoria no debe ser confundido con tener resentimiento. La memoria no es impedimento para el perdón.

Justamente de esto también habla Arendt. Según ella, el perdón no puede ser identificado con el olvido, debido a que el perdón, en la medida en que pretende hacer reversible las consecuencias de nuestras acciones, precisa de la memoria, es decir, saber hacia qué se origina ese perdón.

¡El perdón (ciertamente una de las más grandes capacidades humanas y quizás la más audaz de las acciones en la medida en que intenta lo aparentemente imposible, deshacer lo que ha sido hecho, y lograr dar lugar a un nuevo comienzo allá donde todo parecía haber concluido) es una acción única que culmina en un acto único!

  • Arendt, 1999

Según esta autora, perdonar es introducir algo nuevo en el mundo,  de consecuencias impredecibles. Como Mandela, que cuando es liberado y da sus primeros pasos, habiendo dejado atrás el rencor, afirma que aún a sus 71 años de edad sentía que su vida estaba comenzando de nuevo.

Habiendo dicho todo esto… ¡Que diferente imagino al Congreso si pienso en un diálogo atravesado por el perdón! Que distinto sería el tono de voz de nuestros legisladores si comprendieran que es la opinión diferente de su oponente la que más los habilita a sostener la suya.

Que diferente resultaría nuestra vida si viéramos el poder que tiene perdonar para introducir sanidad y darnos un nuevo comienzo.

Pensando en nuestro país, qué importante es que quienes ocupan un lugar de autoridad dejen de reinsertar el rencor en el discurso y den lugar a una reconciliación de las partes a través del uso de la palabra, del diálogo que enriquece y que no enfrenta.

Este es el potencial político del perdón. Es esa fuerza centrífuga en el camino hacia la reconciliación, y es una tarea de todos.

Como dijo Nelson Mandela, los “valientes no temen al perdón, si esto ayuda a fomentar la paz”.

 

 

Lic. Adaía Zapata

 

 

REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA:

Biblia YouVersion Nueva Versión Internacional (1999)

Mandela, N. (1995). Long Walk to Freedom: The Autobiography of Nelson Mandela. Boston: Back BayBooks.

Gómez Tagle, Marcela (2008). “Sobre el concepto de perdón en el pensamiento de Hannah Arendt”. Madrid: Praxis Filosófica [en línea], (Enero-Junio)  [Fecha de consulta: 20 de diciembre de 2017]

Arendt, Hannah (2016). La condición Humana. Barcelona: Editorial Paidós Ibérica.

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