El poder del perdón para reconstruir una nación

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“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.”

–Mateo 5:8

La necesidad del perdón hace justicia al hecho de que cada ser humano es más de lo que hace o piensa. Solo el perdón hace posible un nuevo comienzo para el actuar, comienzo que necesitamos todos y que constituye nuestra dignidad humana.

–Hannah Arendt

El domingo pasado mi esposo y yo leíamos la Biblia mientras desayunábamos y charlábamos de lo que había sucedido el miércoles 13 de diciembre en nuestro país. Por primera vez se había intentado discutir el Proyecto de Reforma Previsional, que entre otras cosas, despertó un gran enojo por gran parte de la población argentina y resultó en revueltas cerca del Congreso Nacional. Esa mañana de domingo llegamos a un pasaje en 2 Samuel donde se narra la historia de David y los gabaonitas.

La tierra de Israel ya venía pasando hambre por tres años seguidos, y a David se le ocurrió consultar a Dios la razón de esta mala racha. La respuesta fue que el hambre se debía a que el rey Saúl y su familia eran culpables de la muerte de muchos gabaonitas, y estos aún tenían rencor contra ellos. Se había violado un pacto que había entre ambas naciones, años atrás cuando Josué conquistó la tierra, de que se los dejaría habitar en el territorio. David se reúne con ellos y les pregunta cómo puede compensarlos. Buscaba una reconciliación entre ambas naciones, para que ellos volvieran a “bendecir” al pueblo de Israel. Bendecir justamente es hablar el bien, es desear el bien. La RAE lo define como “invocar en favor de alguien o de algo la bendición divina. Hacer que prospere”.

Me detuve cuando leí este pasaje. Meditaba en cómo a veces la falta de perdón de otros puede hacer que no prosperemos. Es como una energía negativa que, aunque la ignoremos, no permite que avancemos. En esencia, cuando hay falta de perdón de parte de alguien que nos vincule, eso puede traer maldición.

En este caso David no era culpable de que el gobernante anterior y su descendencia hayan querido exterminar a un pueblo, pero ahora él era el “representante” de Israel, la fracción que no había cumplido su parte del trato. Él estaba en la posición de autoridad que le permitía restituir a un pueblo su dignidad.

La historia culmina con el pedido de que se ejecutaran a los culpables de dicho exterminio, a siete familiares varones del rey Saúl que fueron parte de dicha matanza. No buscaban dinero, tampoco que se matara “a cualquier persona de Israel” (v. 4), sino a los representantes de Saúl.

Esto también me hizo pensar. No se trata de perdonar sin que se haga justicia. El perdón viene a costo de un precio. Pero una vez resuelto, debe desaparecer todo índice de resentimiento.

“Después Dios hizo que terminara el hambre en la tierra” (v. 14). Para avanzar hay que resolver lo no resuelto del pasado y dar fin a un ciclo.

Recuerdo hace más de una década atrás, cuando era adolescente, y amaba leer biografías de personas que me inspiraron con el tiempo a elegir la carrera que estudié. Ghandi, Martín Luther King Jr, Mandela, Desmond Tutu. Podía pasar horas en mi cama leyendo e imaginándome sus momentos a solas, su humanidad y vulnerabilidad frente al carácter heroico que siempre nos presentan de estas figuras históricas. La biografía que más me impactó fue quizás la de Mandela, en su libro Long Walk to freedom [Un largo camino hacia la libertad].

Tras 27 años en prisión injustamente, toda una vida arrebatada por la injusticia y el horror del apartheid, Mandela es liberado y ante miles de personas que observaban sus primeros pasos hacia la libertad, esto es lo que pasaba por su cabeza:

 

“Cuando por fin atravesé el portón para entrar a un coche que había al otro lado, sentí —aun a los setenta y un años de edad— que mi vida comenzaba de nuevo. Mis diez mil días de encarcelamiento habían terminado.”

 

Un nuevo comienzo. Un renacimiento. Una verdadera flecha hacia el futuro que atraviesa el presente con fuerza, alejándose cada vez más del pasado de dolor.

Desde la misma introducción a su autobiografía, mi humanidad recibió un baldazo de agua fría. Un pensamiento tan fresco y contracultural toma por sorpresa a cualquiera que se ha acostumbrado a una sociedad que transpira odio por todos sus poros. En dicha introducción, Bill Clinton añade un fragmento de su conversación con Mandela tiempo después de su liberación:

 

“En otra conversación le dije: ‘Dime la verdad. Cuando salías de la cárcel después de veintisiete años y caminabas por ese camino hacia la libertad, ¿no los odiabas de nuevo?’ A lo que él respondió: ‘Absolutamente sí, porque ellos me tuvieron preso por tanto tiempo. Fui abusado, no vi a mis hijos crecer, perdí mi matrimonio y los mejores años de mi vida. Estaba enojado y tenía miedo, porque no había estado libre hacía mucho tiempo. Pero cuando estaba cerca del auto que me llevaría lejos, descubrí que cuando cruzara la puerta, si yo seguía odiándolos, ellos todavía me tendrían. Yo quería ser libre y entonces, lo dejé ir’”

 

No hay verdadera libertad hasta que nos despojamos de aquello que nos mantiene esclavos. Pensamos que el odio, el resentimiento, la sed de venganza, nos hacen resilientes y nos proporcionan una razón de vivir, pero en realidad ello no hace más que enmascarar una falta de autonomía.

Estos días este pensamiento volvió a resurgir con fuerza en mi mente, mientras miraba por televisión las imágenes de enfrentamiento no solo a las afueras del Congreso argentino, sino incluso dentro de él, mientras se discutía el Proyecto de la Reforma Previsional. Como país nos vemos enfrentados, divididos, y pareciera que nadie puede escapar a verse involucrado en una grieta que continuamente es reconstruida. Somos un pueblo dolido, que confunde memoria con rencor, que ha perdido la confianza en sí mismo, y en que alguna vez podamos avanzar.

La Dictadura dejó heridas muy profundas, que aún no son fáciles de sanar. Sin embargo, cada gobierno desde entonces también nos legó sus errores, y como sociedad hemos ido acumulando un odio hacia nuestros gobernantes.

Simpatizantes del gobierno actual no pueden dejar de culpar y maldecir al gobierno anterior. Simpatizantes del gobierno anterior no pueden ver más allá de las cicatrices que dejaron la crisis del 2001 y la mala administración que llevó a tal desastre. Y siempre, siempre… volvemos a la Dictadura, a lo que tenemos en claro que no queremos volver, pero que de alguna forma su sombra nos impide ver con claridad el futuro que queremos construir.

Si hay algo que aún no hemos abrazado como país es la diversidad. Y no me refiero a la diversidad cultural, puesto que siempre fuimos un país que recibió con brazos abiertos a cualquier inmigrante que quisiera llamar a la Argentina su hogar. No. Me refiero a la diversidad ideológica, aquella que permite que las mejores ideas las encontremos en el debate sincero, en el respeto a la opinión del otro, en el reconocimiento de que nadie tiene todas las respuestas, que nadie sabe todo, pero todos sabemos un poco.

 

“También me preguntaron por el miedo que sentían los blancos. Sabía que todo el mundo esperaba que albergara resentimiento hacia ellos, pero no era así. Durante mi estancia en la cárcel mi ira hacia los blancos había disminuido; por el contrario, había aumentado mi odio hacia el sistema. Quería que toda Sudáfrica viera que amaba a mis enemigos, aunque aborrecía el sistema que nos había enfrentado.”

– Mandela, Un largo camino hacia la libertad.

 

Mandela entendía que necesitaba de los blancos. Sabía que las naciones africanas que habían sido abandonadas por las minorías blancas durante el poscolonialismo habían caído en la ruina económica, y que sus conocimientosle convenían a la administración del nuevo Estado Sudafricano. La convivencia de blancos y negros, la aceptación de que se necesitaban unos a otros y que debían resolver sus diferencias, dio como resultado el nacimiento de la “Nación Arcoíris”. Sin embargo, para que ello sucediera tuvo que haber un período de reflexión, dar unos pasos atrás y cerrar un ciclo de odio y enfrentamiento. Debía tener lugar la fuerza más protagonista de esta historia: el perdón.

Así es como se crea en 1995, la Comisión para la Verdad y la Reconciliación (CVR, TRC por sus siglas en inglés), encabezada por el arzobispo Desmond Tutu. Su lema fue: “Sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no puede haber perdón”.

La CVR investigó crímenes cometidos durante el régimen del apartheid tanto por el gobierno como por el CNA, partido africano opositor.  Las personas que eran identificadas como víctimas de graves violaciones a los derechos humanos eran invitadas a prestar declaración sobre sus experiencias. Muchas de estas víctimas ofrecieron sus relatos en audiencias públicas, mientras sus agresores escuchaban de primera mano sus narraciones. A su vez, ellos debían luego confesar sus crímenes y pedirles perdón por el daño que les habían causado. Desde ambos lados hubo una actitud de humillación y otorgamiento de perdón, aun siendo muchos culpables entregados a la justicia.

Por mucho tiempo Occidente tuvo una noción malinterpretada sobre el perdón. Podríamos decir que se tenía una dimensión del perdón restringida a una facultad divina. Sin embargo, dicha interpretación tiene falacias teológicas si se leen las Escrituras:

“ ..perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo” – Efesios 4:32

“Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes”  –Colosenses 3:13

Estos son solo algunos de los pasajes que nos hablan del perdón como un mandato hacia nosotros los humanos. Precisamente, si fuimos creados a su imagen y semejanza, si entendemos que Él nos perdona tanto, comprendemos también que Él nos da la capacidad de perdonar. Permítanme detenerme en esta idea.

Hannah Arendt, una de mis filósofas preferidas, ve que es Jesús de Nazaret quien pone el énfasis del perdón en la esfera de los asuntos humanos, llevándolo a la vida pública. Es decir que el perdón no está limitado a nuestra vida privada, sino que contiene un enorme potencial político.

Cuando leí a Arendt por primera vez quedé shockeada por lo que me aportó. De alguna forma me dio una comprensión más profunda de mi fe. Otra vez, el perfil de quien se detiene a meditar sobre el perdón es el de una persona que tuvo que ejercerlo ella misma para verse libre. Siendo una teórica política y filósofa alemana, de origen judío, debió emigrar tras la persecución nazi y un breve encarcelamiento.

Fui introducida a ella por una profesora de Ética en mi universidad, cuyo espíritu apasionado por los existencialistas me hizo amar la filosofía. Uno de los conceptos que una vez nos hizo discutir en clase fue el del perdón y de promesa desde la perspectiva de Hannah Arendt. Desde entonces no pude pensar en el perdón de la misma manera.

Arendt ve en el perdón esa facultad humana que, en tanto vincula a los seres humanos entre sí, hace posible su capacidad de actuar. En otras palabras, adquiere legitimidad y validez en la medida en que establece un vínculo entre los seres humanos, restaurando y rehabilitando esa capacidad humana de actuar en la esfera pública. De manera que, ya que el perdón es una potestad que se deriva de la capacidad de actuar y pertenece a la esfera de los asuntos humanos, no solo puede, sino que debe concebirse independientemente de cualquier tradición religiosa, aun cuando se reconozca su origen en ella.

Hay una condición que Arendt presupone para el perdón y esta es la pluralidad humana. Dicha pluralidad se caracteriza tanto por la igualdad como la diferencia. Es decir, todos los seres humanos son diferentes entre sí, cada cual irrepetible en su genética como en su forma de ser y pensar, pero todos somos seres humanos, y  por ello,  somos iguales. Esto es lo que hace al perdón tan necesario.

Quizás esta teoría sea muy rechazada por nuestra cultura argentina. Por ahí pensás: “Está bien Adaía, entiendo que debo perdonar para avanzar y ser libre. Pero ¿qué hay de la memoria? No puedo olvidar lo que me hizo simplemente así”.

Por otro lado, si vamos a lo político, “Memoria y verdad” son dos de las palabras más usadas en el discurso político argentino. Sabemos que tener memoria nos ayuda a no repetir el horror que vivimos bajo la Dictadura. “Nunca más”.

¡Estoy de acuerdo con eso! Perdonar no es olvidar. Tener memoria no debe ser confundido con tener resentimiento. La memoria no es impedimento para el perdón.

Justamente de esto también habla Arendt. Según ella, el perdón no puede ser identificado con el olvido, debido a que el perdón, en la medida en que pretende hacer reversible las consecuencias de nuestras acciones, precisa de la memoria, es decir, saber hacia qué se origina ese perdón.

¡El perdón (ciertamente una de las más grandes capacidades humanas y quizás la más audaz de las acciones en la medida en que intenta lo aparentemente imposible, deshacer lo que ha sido hecho, y lograr dar lugar a un nuevo comienzo allá donde todo parecía haber concluido) es una acción única que culmina en un acto único!

  • Arendt, 1999

Según esta autora, perdonar es introducir algo nuevo en el mundo,  de consecuencias impredecibles. Como Mandela, que cuando es liberado y da sus primeros pasos, habiendo dejado atrás el rencor, afirma que aún a sus 71 años de edad sentía que su vida estaba comenzando de nuevo.

Habiendo dicho todo esto… ¡Que diferente imagino al Congreso si pienso en un diálogo atravesado por el perdón! Que distinto sería el tono de voz de nuestros legisladores si comprendieran que es la opinión diferente de su oponente la que más los habilita a sostener la suya.

Que diferente resultaría nuestra vida si viéramos el poder que tiene perdonar para introducir sanidad y darnos un nuevo comienzo.

Pensando en nuestro país, qué importante es que quienes ocupan un lugar de autoridad dejen de reinsertar el rencor en el discurso y den lugar a una reconciliación de las partes a través del uso de la palabra, del diálogo que enriquece y que no enfrenta.

Este es el potencial político del perdón. Es esa fuerza centrífuga en el camino hacia la reconciliación, y es una tarea de todos.

Como dijo Nelson Mandela, los “valientes no temen al perdón, si esto ayuda a fomentar la paz”.

 

 

Lic. Adaía Zapata

 

 

REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA:

Biblia YouVersion Nueva Versión Internacional (1999)

Mandela, N. (1995). Long Walk to Freedom: The Autobiography of Nelson Mandela. Boston: Back BayBooks.

Gómez Tagle, Marcela (2008). “Sobre el concepto de perdón en el pensamiento de Hannah Arendt”. Madrid: Praxis Filosófica [en línea], (Enero-Junio)  [Fecha de consulta: 20 de diciembre de 2017]

Arendt, Hannah (2016). La condición Humana. Barcelona: Editorial Paidós Ibérica.

La clave es nuestro compromiso

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Desde hace muchos años vengo escuchando el consejo de muchos pastores, líderes o referentes espirituales, sobre la importancia de que los cristianos nos involucremos en política, en el servicio público o en esferas de poder de las distintas aéreas de la sociedad. El objetivo central es instaurar el Reino de Dios en estos espacios de la sociedad, y como consecuencia de ello, transformar la realidad del mundo en el que vivimos.

Estas ideas y conceptos, más algunas otras recomendaciones, acompañadas de los inspiradores ejemplos de personajes como José, David, Daniel, Esther o Nehemías, siempre han sido un motor de motivación para mi, y de hecho debo reconocer que en gran medida han moldeado el curso de mi vida de forma bastante definitiva.

Pero muchas veces suele suceder que estos mensajes carecen de contenido práctico, cuando enfrentamos la realidad del lunes; las cosas no son tan claras, los grises son más comunes de lo que nos gustaría. Es por esto que hay algunos consejos reales, concretos y, por sobretodo, muy fáciles de comprender, que me están siendo de mucha utilidad y que humildemente quiero compartir:

 -Compromiso con la visión: Estoy convencido que desde el momento en el que Dios nos llama y nos da una visión, su compromiso es total y hasta el final, el problema suele ser nuestra falta de compromiso con lo que Él nos reveló. Tenemos a diario el desafío de elegir entre lo bueno y lo mejor, y muchas veces nos enredamos en compromisos que nada tienen que ver con nuestro llamado. Lo hacemos de corazón, sinceramente, muchos de esos compromisos son buenos sin duda, pero lo mejor es lo que nos impulsa a hacer crecer nuestra visión. Comprometerse sin ambigüedades es el primer paso que deberíamos dar.

-Enfoque claro y sostenido: Enfocarse en conseguir algo que queremos es tan importante como lo que queremos conseguir en sí. Como somos seres con muchas facetas y habilidades, tenemos la tentación permanente de hacer mil cosas a la vez, y solemos querer ser muy buenos en las mil, pero la realidad es que no podemos; si no establecemos prioridades va a ser muy difícil conseguir resultados. Además, este enfoque tiene que permanecer en el tiempo. Si cambiamos de visión cada primero de enero, es muy posible que al tiempo nos desalentemos, porque todo será un empezar de cero cada vez.

Pagar el precio: La realidad diaria de nuestras vidas suele ser menos motivadora que lo que imaginamos al momento de recibir una Palabra. Los grandes momentos de victoria en nuestra vida sin lugar a dudas nos marcan, pero estos son relativamente pocos en comparación con la inmensa cantidad de días que pasan desapercibidos en nuestros años. Es por ello que estos días “normales” son tan importantes para la visión de Dios en nuestra vida. En estos días comunes es cuando debemos pagar el precio de obedecer a Dios, dejar lo que tengamos que dejar y abrazar lo que tengamos que abrazar. Cada vez me convenzo más que pagar el precio es completamente imposible de lograr si no tenemos pasión por lo que hacemos.

-Disfrutar el camino: Sabemos de dónde venimos, confiamos que Dios hará cosas grandes con nosotros, pero no sabemos realmente qué será esto y cómo ocurrirá, es por eso que no hay consejo más sabio que el que nos anime a disfrutar cada momento en que la voluntad de Dios se esté haciendo en nuestra vida. Seguramente esta conducta nos va a ayudar a dejar de lado las ansiedades del futuro y podremos vivir más plenamente. Todo esto es posible, aun en aquellos días en los que no vemos luz al final del túnel.

-Primero y último está Dios: Por último -y principal- todo se trata de Él. Sin Él no habría llamado, ni visión, ni propósito. No importa si somos felices o no (aunque seguro lo terminemos siendo), se trata de que somos parte de un plan mayor, “el gran plan”, y nuestro privilegio es participar y ser actores centrales de la historia más importante de la humanidad.

 

Lic. Luis Cabrera

Libro: Crear cultura.

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Crear cultura: Recuperar nuestra vocación creativa. Andy Crouch, Editorial Sal Terrae, Cantabria, 2010.

Publicado originalmente en inglés bajo el título Culture Making, Intervarsity Press, 2008.

Comentado por Marijo Hooft. Valoración: 4,5 estrellas.

Este libro es un manifiesto a favor de los cristianos interviniendo en la cultura. Luego de definir y explicar la noción de la cultura desde los ejemplos más prácticos y cotidianos (como ser, cultura viene de “cultivar”, refiriéndose al trabajo consciente que lleva –valga la redundancia– cultivar la cultura y los bienes culturales), Crouch se zambulle en lo que a mi criterio es la parte más sabrosa del libro: las 5 C de la cultura.

La iglesia de Cristo, tradicionalmente ha asumido uno de cuatro roles:

Condenar: Juzgar todo producto cultural como pecaminoso, de los cuales el cristiano debe alejarse para no ser contaminado, por lo cual no puede influenciarlos.

Criticar: Cual críticos expertos, analizamos todos los mensajes de libros, películas, música, para demostrar lo inadecuados que son; pero la crítica rara vez cambia la cultura.

Copiar: Cuando limitamos nuestra creatividad a imitar los formatos de moda pero reemplazando el contenido por uno más santo. El problema es que cuando copiamos dentro de nuestros lugares privados, no afectamos la cultura exterior.

Consumir: Si consumimos cultura de manera indiscriminada y sin ser selectivos, no solo nos afecta a nosotros, sino que como consumidores pasivos tampoco podemos inducir a un cambio cultural.

Por lo que concluye que la única forma de afectar con los valores cristianos la cultura, es ¡Creándola!

Crear cultura: Implica cultivar con paciencia, con esfuerzo, con dedicación (es decir, estudiando, ensayando, aprendiendo, estando, conociendo) hasta lograr un dominio del campo de especialidad que nos permita empezar a crear con la ayuda del Dios Creador que nos inspira.

 

Una frase que me gustó: “Toda creación cultural requiere una opción, consciente o inconsciente, por ocupar nuestro lugar en una tradición cultural. No podemos hacer cultura sin cultura. Y esto significa que la creación comienza con el cultivo, el cuidado de las cosas buenas que la cultura nos ha transmitido (…). Antes de poder ser creadores de cultura, debemos ser custodios de la misma” (p. 86).

 

ANDY CROUCH: Es director editorial de Christian Vision Project en la revista “Christianity Today”, en donde también es columnista asiduo. También se desempeñó como productor ejecutivo en los documentales “Where Faith and Culture Meet” y “Round Trip”. Trabajó por diez años en el ministerio universitario con InterVarsity Christian Fellowship en la universidad de Harvard. Es coautor del libro The Church in Emerging Culture, junto a autores de la talla de Brian McLaren y Erwin McManus.Vive en Pennsylvania.

 

En busca de la cultura perdida

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Somos hijos de una época. No podemos escaparnos de la influencia histórica en la que nacemos y de la que somos herederos. Esto afecta nuestra manera de pensar y de entender el mundo que nos rodea, es decir nuestra cosmovisión. Mucho de ello es transmitido por la literatura que forma el pensamiento de esa época y por la música que acompaña la expresión del mismo. El cine también es un poderoso factor de formación de la conciencia de una generación. Recibimos valores éticos y morales. Recibimos tradiciones y costumbres. La cultura es sin lugar a dudas el elemento que atraviesa e influencia todo el entramado de la sociedad. Somos formados por la cultura, pero a la vez también somos llamados a transformarla con una proyección de futuro. Y en eso consiste el resultado de la proclamación del mensaje del Evangelio. Jesús debe ser relevante y trascendente en la cultura de hoy.

De acuerdo a Ken Myers, cultura “es lo que hacemos del mundo.” Sería el nombre dado a nuestro esfuerzo humano para tomar el mundo como nos es dado y hacer algo más de él. Entonces crear cultura es agregar algo inexistente sobre lo que ya existe. Darle sentido a un propósito, suplir una necesidad, lograr un avance.

El crítico literario Terry Ecleton observa que la palabra cultura es considerada la segunda palabra más compleja del idioma, después del término “naturaleza”. Se dice que hay más de 5.000 definiciones de la misma.

Nuestros ancestros fueron artistas, lo vemos en las cavernas y cuevas con pinturas rupestres de miles de años. Parece que el arte fue la primera de las profesiones humanas. También juguetes, tumbas, vasijas, flechas, vestimentas, instrumentos de adoración. Sin embargo, la cultura cambia, evoluciona, y lo hace de forma acumulativa. Nuestros productos culturales se transforman en parte del mundo que la futura generación tendrá que continuar construyendo. De esta manera, la cultura va definiendo los límites de lo posible. Transforma en posibles cosas que antes eran imposibles y viceversa. En esto, el avance de la tecnología y la información es fundamental. Solo pensar en la idea de la conexión satelital o por Internet, o la trascendencia cultural de las actuales redes sociales, hubiera sido imposible hace tan solo 30 o 40 años atrás. Pocos podían imaginar un vuelo de avión hace algo más de un siglo atrás. Tenemos miles de años acumulando cultura humana. Vivimos en el mundo que la cultura ha construido.

La cultura está relacionada con el arte y la música, con la moda y las tendencias, con la identidad étnica de un pueblo (costumbres, símbolos y creencias) o con las ideas y valores éticos de la sociedad traducidos en leyes e instituciones políticas.

En oportunidades pensamos en la cultura como en un conjunto de ideas, sin embargo, en realidad es primeramente un conjunto de cosas. Entonces, para cumplir nuestra misión transformadora de la cultura y de la historia, o mejor dicho, con nuestra “responsabilidad cultural” como cristianos, en palabras del holandés Abraham Kuyper, debemos pensar no sólo en el consumo o en la crítica de la cultura, sino en la creación de la misma. No sólo entenderla o interpretarla sino crearla.

Ahora bien, ¿Cómo podemos crear cultura desde una posición de abstracción de la misma? Es decir, desde afuera. ¿Podemos modificar una cultura sin ser en alguna forma partícipes de la misma? ¿Podemos condenar una cultura determinada y a la vez imponer otra que consideramos superior? Lo que es más: ¿existe tal cosa como una “cultura de Dios” y una “cultura del diablo”? ¿No será más bien que hemos abandonado la cultura a su propia suerte?

Hoy tenemos que decir con dolor que, en general como cristianos de la época presente, hemos abandonado hace tiempo la idea de producir cultura. Solo la consumimos con resignación y luego la criticamos. Pero no estamos a la vanguardia de la creación de la misma. Y eso nos pone en una situación desventajosa a la hora de proyectar una idea de cambio social con el mensaje de la cruz. Pintar cuadros, escribir libros, crear blogs, componer canciones, desarrollar productos innovadores, realizar películas, idear programas, proponer proyectos sociales. Es la hora de brillar con la luz del Evangelio.

Hoy más que nunca somos responsables de intervenir la cultura. El Espíritu creativo que proviene del Creador del universo, vive en nosotros. Sólo debemos atrevernos a darle lugar en nuestras vidas y a ser guiados por El. La cultura puede y debe ser influenciada por los hijos de Dios. Valores cristianos: fe, amor, humildad, gracia, verdad, justicia. Estandartes que han cambiado la historia de la civilización humana hoy están desapareciendo, mientras se dice que “evoluciona” la cultura (¿o mejor dicho “involuciona”?). Respetando nuestra herencia histórica, podemos proyectar un futuro mejor para esta generación. Jesucristo está vivo hoy. A través de quienes experimentan esta vivencia, quiere manifestarse y trascender culturalmente en la actualidad. No perdamos la oportunidad, ¡salgamos en busca de la cultura perdida!

Pr. Christian Hooft

Libro: Iglesia Centrada.

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Iglesia Centrada: Cómo ejercer un ministerio equilibrado y centrado en el evangelio en su ciudad. Timothy Keller, Editorial Vida, 2012.

Publicado originalmente en inglés bajo el título Centered Church, Redeemer City to City, 2012.

Comentado por Marijo Hooft. Valoración: 5 estrellas

El brillante autor de libros superventas, Tim Keller, ha sido un inspirador desde los mismos comienzos de LLEGAR ALTO con muchos de sus materiales y sus manuales de plantación de iglesias. En esta ocasión nos acerca un manual de más de cuatrocientas páginas con sus enseñanzas de tantos años. El libro está dividido en tres secciones donde analiza en profundidad y, fiel a su estilo erudito, cita amplia bibliografía de apoyo, para ser una iglesia centrada:

-Centrada en el evangelio: una correcta comprensión del evangelio de la gracia de Jesús cambia todo lo que hacemos: nos cambia a nosotros, a la iglesia y a la ciudad que queremos alcanzar.

-Centrada en la ciudad: Comprender la cultura de la ciudad, aprender a conocer y amar la ciudad con sus distintas subculturas y grupos étnicos, harán que podamos relacionarnos mejor desde adentro, en vez de juzgarla desde afuera.

-Centrada en el movimiento: No en una institución, guiada por la tradición y autoridad, sino en un movimiento flexible y vivo, donde la cooperación y la unidad son su motor principal. Una iglesia misional con una filosofía ministerial enfocada en aquellos a los que quiere alcanzar.

Una frase que me gustó (uff, qué difícil elegir una sola): “No hay solo dos formas de responder a Dios, sino tres: irreligión, religión y evangelio”.

TIMOTHY KELLER es el pastor principal y fundador de la iglesia presbiteriana Redeemer, en Nueva York. Esta comunidad de fe está compuesta mayormente por jóvenes profesionales y artistas de Manhattan, así como también visitantes de todo el mundo. A través de City to City, han ayudado a plantar más de doscientas iglesias en todo el mundo. Tim ha escrito otros excelentes e inspiradores libros, entre los cuales se cuenta El Dios pródigo [The Prodigal God].

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